Cubierta de la novela La receta que nadie escribió, de David Maroto Avilés.

Novedad · Novela independiente · Preventa

La receta que nadie escribió

Una historia sobre lo que nos cuida, incluso sin saberlo.

A veces, cuatro palabras bastan para abrir una puerta que llevaba años cerrada: pan, leche, azúcar y canela. Tomás descubre que también puede dejarse cuidar y mirar de otra manera su propia historia.

Preventa disponible. Lanzamiento previsto: 25 de noviembre de 2026.

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¿Por qué existe Universo Canela?

Porque algunas historias merecen ser contadas despacio.

Porque la memoria también necesita un hogar.

Porque los libros pueden seguir abrazándonos cuando todo parece haberse roto.

Universo Canela es un refugio para quienes aún creen en las palabras, en los recuerdos y en la belleza de las cosas sencillas.

Ilustración en acuarela de un niño en la cama escuchando una radio durante la noche.

Una historia que también se escucha

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sábado, 29 de noviembre de 2025

El silencio que también cuenta


 El silencio que también cuenta

Hay días en los que no hace falta una gran historia para escribir, basta con escuchar el propio silencio. Ese silencio que acompaña cuando uno repasa lo vivido, cuando mira hacia atrás y reconoce en aquel niño —el que olía a canela— la raíz de todo lo que hoy sostiene la vida.

Esta mañana he pensado en él. En su forma de esperar sin perder la esperanza, en su capacidad de imaginar un futuro aun cuando el presente era estrecho. Y me he dado cuenta de que, aunque el tiempo haya pasado, sigue guiando mis pasos. No con palabras, sino con esa intuición que nace de haber aprendido a sobrevivir con poco.

Escribir sobre él es escribir sobre mí, pero también sobre todos los que alguna vez se sintieron fuera de lugar y aun así continuaron. La literatura me ha enseñado que cada cicatriz tiene su ritmo, su manera de hacerse visible, su temperamento. No todas duelen igual, pero todas empujan hacia adelante si uno sabe escucharlas.

Hoy elijo honrar ese silencio que también cuenta. Ese espacio íntimo donde uno se reconcilia con su pasado y comprende que la verdadera fortaleza no viene de lo que mostramos, sino de lo que hemos tenido que aprender a callar.

A veces basta una memoria, una canción de Los Secretos o el olor a algo que ya no existe. Y en ese instante, uno vuelve a ser aquel niño que soñaba con una vida tranquila, rodeada de los suyos.

Quizás hoy no haga falta más.
Solo recordar de dónde vengo para entender hacia dónde quiero seguir caminando.

DMA

martes, 25 de noviembre de 2025

Cuando la memoria vuelve con olor a invierno




Hoy he despertado con el aroma de la canela más presente que nunca, como si el aire quisiera recordarme que no todo lo vivido se pierde, que algunas cosas regresan para acomodarse en el pecho con una suavidad inesperada. Hay días así: silenciosos, templados, casi antiguos. Días que huelen a cocina lenta, a historias que se remueven sin prisas.

Mientras caminaba por la ciudad, he reconocido rincones que parecían dormidos. La barbería que ya no existe, la vieja tienda de ultramarinos donde el tiempo se guardaba en tarros de cristal, y ese portal donde solía esperar a que alguien me prestara un poco de mundo. Uno crece, se endurece, trabaja, ama y se equivoca… pero siempre queda dentro un eco que nos llama por nuestro nombre de niño.

Hoy ese eco sonaba fuerte.

Quizá por eso me he sentado a escribir, para sostener un poco ese temblor que deja la memoria cuando vuelve sin avisar. Para recordarme que no estoy hecho solo de heridas, sino también de pequeños milagros: una canción de Los Secretos, una sobremesa tranquila, la mano de quien te quiere, el olor del hogar que uno aprende a construir cuando por fin tiene calma.

El Niño Canela me mira desde atrás, como preguntándose si he aprendido algo. Supongo que sí. Aprendí que la dignidad no se grita: se vive. Y que la felicidad, cuando llega, exige una casa abierta y un corazón humilde para recibirla.

Hoy no traigo grandes historias. Solo un pensamiento sencillo:
a veces basta una chispa de aroma para entender que seguimos aquí, de pie, y que el invierno también sabe abrazar.

DMA


sábado, 22 de noviembre de 2025

El eco tibio de las cosas sencillas


Hay mañanas que no necesitan grandes gestos para dejar una huella en el alma. A veces basta el sonido de una cazuela vieja al colocarse sobre el fuego, el olor tímido del pan tostándose o la luz que entra inclinada por la ventana, como si quisiera pedir permiso para despertarnos.

Hoy he recordado aquellos días en los que, aun sin saberlo, la vida me enseñaba a reconocer el valor de lo pequeño. Una taza caliente entre las manos. Las migas sobre el mantel. KUKY 


moviéndose despacio, sin ruido, como si cada gesto suyo fuese una oración hecha con paciencia.

En aquel silencio dulce descubrí que la felicidad rara vez llega corriendo; suele venir despacio, a fuego lento, como todo lo que merece quedarse.
Y quizá por eso sigo buscando ese eco tibio en cada jornada: un olor, una palabra, un instante que me devuelva a la verdad que nunca se pierde… la de las cosas sencillas que nos sostienen.


jueves, 20 de noviembre de 2025

El aroma que todo lo nombra

Hoy el calendario me recuerda algo profundo: es el Día Universal de la Infancia , ese día en que el mundo entero se detiene para pensar en los niños que fuimos, en los niños que son, en los niños que merecen un mundo más cálido. Y yo, desde este rincón de memoria y canela, no puedo evitar sentir que cada palabra que escribo es un abrazo a ese niño que aún vive en mí, el que huele a canela, el que guardaba secretos en los bolsillos y miraba el mundo con los ojos abiertos de par en par.​


Hoy celebro a San Edmundo , el rey justo que eligió la fidelidad por encima de todo, ya San Félix de Valois , el que dedicó su vida a liberar cautivos. Pienso en cómo la infancia misma es una especie de cautiverio hermoso: estamos atrapados en un tiempo que no volverá, en olores que nos persiguen, en sabores que nos definen. Y sin embargo, esa jaula de recuerdos es también nuestra mayor libertad, porque nos enseña quiénes somos.​


Hoy, en el Mundo Canela , el aire huele a hogar. Huele una infancia rescatada, una verdad emocional, a esos pequeños gestos cotidianos que construyen una vida entera. Pienso en los niños de Villa Nueva de la Fuente, los que corrían por las calles de tierra mientras el aroma de la canela se colaba en cada rincón de la memoria. Pienso en cómo niños esos —todos ellos, todos nosotros— merecemos ser recordados, celebrados, protegidos.​


La infancia no es sólo un tiempo pasado. Es un territorio al que podemos regresar cada vez que cerramos los ojos y dejamos que los aromas nos guían de vuelta a casa. Hoy celebro a ese niño que fui, al niño que soy, al niño eterno que habita en cada página de este universo narrativo. Porque el tiempo es fuego lento , y la memoria, canela que endulza todo lo vivido.


Bienvenido al Mundo Canela .



DMA

miércoles, 19 de noviembre de 2025

MI TAZA

Había una taza en la cocina de la casa de acogida. Era blanca, con una grieta fina que la atravesaba como un río seco. Nadie la usaba. Decían que estaba rota, que no servía. Que había que tirarla.

Pero yo la elegía siempre.

La primera vez que la vi, estaba al fondo del armario, escondida entre las tazas perfectas. Las otras eran de colores brillantes, con dibujos de flores o frases motivadoras que nadie leía. Esta era simple. Blanca. Agrietada. Y por eso mismo, mía.

Cada mañana, cuando el resto de los niños aún dormían, yo bajaba a la cocina en silencio. Sacaba esa taza del armario con cuidado, como si fuera un secreto. La llenaba con leche tibia que calentaba en el microondas, y luego le añadía canela. Siempre canela.

Mientras la sostenía entre mis manos, sentía su calor atravesar la grieta. Y me daba cuenta de algo extraño: la grieta no hacía que la taza fuera menos útil. Solo la hacía diferente. Solo la hacía reconocible.

Esa taza y yo éramos iguales. Agrietados, pero aún capaces de contener algo caliente. Aún útiles. Aún vivos. Aún elegibles.

A veces, una de las educadoras entraba y me veía allí, con mi taza rota en las manos. Sonreía y no decía nada. Creo que ella también entendía que hay cosas que no se tiran, aunque estén rotas. Que hay grietas que no necesitan ser reparadas, solo aceptadas.

Las cosas rotas no piden perdón. Solo piden que alguien las mire sin miedo. Que alguien las elija, precisamente por lo que son.

Y esa taza me enseñó algo que nunca olvidé: que lo roto también puede ser refugio. Que lo imperfecto también puede ser hogar.

Hoy, cuando preparo mi café con canela, siempre busco la taza que tiene alguna pequeña marca. Alguna grieta. Alguna historia.

Porque sé que esas son las que más te necesitan. Y las que más te entienden.

— DMA / El Niño Canela 


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